lunes, 20 de junio de 2011

El caballero de la mano en el pecho


Este desconocido es un cristiano
de serio porte y negra vestidura,
donde brilla no más la empuñadura
de su admirable estoque toledano.


Severa faz de palidez de lirio
surge de la golilla escarolada,
por la luz interior iluminada
de un macilento y religioso cirio.


Aunque sólo de Dios temores sabe,
porque el vitando hervor no le apasione,
del mundano placer perecedero,


en un gesto piadoso y noble y grave,
la mano abierta sobre el pecho pone,
como una disculpa, el caballero.


     Manuel Machado
                                                            

A la pintura, Rafael Alberti.


El Greco
Aquí, el barro ascendiendo a vértice de llama,
la luz hecha salmuera,
la lava del espíritu candente.
Aquí,
la tiza delirante de los cielos
polvoreados de cortadas nubes,
sobre las que se vuelcan
en remolinos o de las que penden,
agarrados de un pie, del pico de un cabello,
o del cañón de un ala,
ángeles de narices alcuzas y ojos bizcos,
trastornados de azufre,
prendidos por un fósforo traído en un zigzag del aire.
Una gloria con trenos de ictericia,
un biliar canto derramado.
¿De dónde este volcán que arroja pliegues,
que arruga y desarruga
el fuego, que es capaz de hacer líquido el rayo
y de escorzar la voz de las tinieblas?
¿De dónde, aquí, hacia dónde
el lagrimal torcido
de coagulada lágrima casi en gota de lacre,
el devorado manto,
el tiritante traje tenebroso,
tinto de un vino tinto de la tierra,
abrasando los cuerpos
en invasión contra los deslumbrados
rostros o desceñidas manos frías en puntas
aspirantes a alas?
¿Qué es este evaporado, ciego aliento,
este vaho desprendido que achicharra,
esta lumbre incesante que hiela?
Lívida turbación, anhelo consternado,
ansia verde, amarillo
frenesí,
larga, desalentada, pálida lengua sola.
Tocad y sentiréis
que los brazos os cantan, os elevan,
diluyéndoos el peso, arrebatándoos
de gloria enlodazada o infierno transparente.
¡Oh purgatorio del color, castigo,
desbocado castigo de la línea,
descoyuntado laberinto, etérea
cueva de misteriosos bellos feos,
de horribles hermosísimos, penando
sobre una eternidad siempre asombrada!
                   Rafael Alberti

                    A la pintura